Javier Casqueiro (Publicado en El País-blog Entre Moquetas, aquí)
En las campañas políticas españolas nos faltan muchos aspectos mediáticos y de show que sí están acostumbrados a ver, vivir, manejar y padecer los periodistas especializados norteamericanos, por poner un ejemplo como se refleja en la foto superior. El spin room es uno de ellos. Termina un debate, un gran discurso, una importante comparecencia y los superasesores de prensa del candidato, los spin doctors, se dirigen rápidamente a una habitación especial donde se encuentran con los periodistas y les intentan colocar el mensaje, sobre todo para desvirtuar el del adversario. Todo muy profesional, con argumentarios ya impresos en papeles, que se distribuyen por los pupitres de los prescriptores de opinión en apenas segundos. Parece obvio y sencillo, pero no lo es. Sobre todo en este mercado nuestro tan maleado y encallecido.
Pero ayer viví mi primer spin room a tumba abierta, eso sí a la española, bueno, mejor dicho, a la vasca. Fue raro, la verdad. No me lo imaginaba así. Creía que tendría otro puntito más peliculero, como el que cuentan los periodistas David Brooks en The New York Times o Marc Bassets en La Vanguardia. Que entroncaría con las tesis desarrolladas por Willian Safire y The New Yorker. Que se parecería a los tour de autoridades que se multiplican en Bruselas.
La primera jornada del congreso se había desarrollado con normalidad, es decir los partidarios de ambos bandos se habían dedicado a ponerse a parir, cruzarse las más graves acusaciones de presiones sucias y bajas, medio amenazarse o amenzarse por completo. Es decir, nada del otro mundo, lo habitual. También se habían autoproclamado vencedores, primero por escaso margen, más tarde por una distancia mayor de unos 50 delegados y llegaron a hacerlo hasta por un centenar. Con el transcurrir del tiempo se moderó ese entusiasmo. Pero no el de los ataques, rumores y falsas leyendas.
En ese clima de caos informativo, sin ningún dato confirmado o fiable, empezó a extenderse la especie de los trasvases masivos. Es decir, de bloques de 15, 20 o hasta 30 votos de determinadas federaciones, especialmente Madrid y Andalucía, que migraban como por arte de magia de una opción a otra sin mayores explicaciones. Pero alguien mencionó en esas cloacas de la información la posibilidad de que ocurriera lo mismo también en el País Vasco y se desató la crisis. ¿Cómo?
Fue entonces cuando el equipo que encabeza Alfredo Pérez Rubalcaba mandó a uno de sus hombres fuertes, seguro en su futurible ejecutiva, del mismo Bilbao, a la sala de prensa y empezó a hablar, en medio de todos los periodistas, sin bambilina alguna, de que esa imputación era falsa, de que no tenía ningún fundamento y de que según sus fuentes era justamente lo contrario: tenían cada vez más margen para el triunfo seguro. Admitió preguntas pero no contestó a nada. Ni bastidores ni nada. A pecho descubierto, delante de un centenar de periodistas, pero sin posibilidad de usar el nombre y apellidos como fuente real. Al pasar las horas, desde el otro bando, se filtró que ellos no estaban por labor de hacer lo mismo, que nunca jugarían con esas maneras, que estaban en otras cosas. Hoy se verá el resultado de esa estrategia, pero ayer probé mi primer spin room en directo y no me gustó. Me pareció una mezcla muy castiza entre una zona mixta de esas que se montan tras los partidos y un bazar.
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