NADIE podría decir, sin ofender gravemente a la verdad, que Mariano Rajoy es un sprinter. El líder del PP y la velocidad son incompatibles y ello, que no sé sí se trata de un defecto o constituye una virtud, marca sus ritmos vitales y, en lo que nos afecta, condiciona la marcha de un partido que, mejor o peor, es el otro. La única alternativa que se nos ofrece ante la creciente catástrofe que, respaldados por un PSOE consentidor y sumiso, protagonizan José Luis Rodríguez Zapatero y su equipo de Gobierno. A Rajoy le ha costado más de un quinquenio deshacerse del lastre que le cedió su predecesor. Lo ha hecho bien y sin tragedias ni convulsiones; pero, a la vista de cómo están las cosas del Estado, las tensiones de la Nación y las incertidumbres de la Sociedad, ¿puede seguir permitiéndose estos tiempos?
Entre las piezas de recambio que Rajoy ha buscado para el relevo de la vieja guardia aznarita, a la que él mismo perteneció, llaman la atención la personalidad y el brío de Soraya Sáenz de Santamaría, una muchachita de Valladolid -como Joaquín Calvo Sotelo llamó a la protagonista de su obra más famosa- que, si no se cansa por el camino, llegará muy lejos en la peripecia de la vida política española. Es evidente que tiene formación para el trabajo parlamentario, maneras para el engarce partidario y, a pesar de ser diputada por accidente -no habría alcanzado el escaño si Rodrigo Rato no hubiera desertado de su responsabilidad representativa para ir a Washington-, pocas personas dan como ella el perfil que requiere ese menester.
Sáenz de Santamaría, pese a su condición debutante, ya ha sabido hacerle más difícil el trabajo propagandístico-maternal con que María Teresa Fernández de la Vega trata de suplir las escaseces de su superior jerárquico y el sesteo de sus inmediatos inferiores. Eso forma parte del trabajo de la oposición: filtrar los dichos gubernamentales para que no todo sea propaganda y, en lo posible, aportar la luz conveniente para que los ciudadanos sepamos, o podamos saber, lo que nos pasa. Frente a la situación que nos angustia, parte de una convulsión económica mundial que aquí cursa con especial crudeza, ha dicho la portavoz del PP en el Congreso: «La crisis les viene grande».
No diré ni en broma lo que Baura dijo en serio, que lo mejor de Zapatero es su dominio de los idiomas extranjeros; pero está claro que su talla como hombre de Estado y su disposición para resolver problemas es más bien chiquita, mínima. Tampoco son inmensos, como para promediar, los talentos de sus ministros especializados. La pachorra de Pedro Solbes y la audacia invasiva y saltarina de Miguel Sebastián no dan, ni juntándolas, para mucho. Ahí está el fondo del problema que retrata el diagnóstico de Sáenz de Santamaría: al Gobierno la crisis le viene grande; pero, ¿tiene dimensión suficiente la oposición para enunciar las soluciones oportunas?
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